Una nueva alternativa terapéutica busca tratar una de las complicaciones más graves de la enfermedad: la dependencia de transfusiones de sangre, una situación que impacta de manera significativa en la calidad de vida, la autonomía y el bienestar diario de los pacientes.
La mielofibrosis es una enfermedad hematológica crónica y poco frecuente que afecta la médula ósea, el tejido encargado de producir las células sanguíneas. Con el avance de la patología, la médula va siendo reemplazada por tejido fibroso, lo que altera la producción normal de glóbulos rojos, blancos y plaquetas. Como consecuencia, el organismo intenta compensar esta deficiencia utilizando otros órganos, como el hígado y el bazo, que pueden aumentar considerablemente de tamaño.
La enfermedad suele diagnosticarse entre los 60 y 65 años y afecta por igual a hombres y mujeres. En sus primeras etapas puede no presentar síntomas, aunque con el tiempo aparecen manifestaciones como cansancio extremo, dificultad para respirar, dolor abdominal, pérdida de peso involuntaria, sudoración nocturna y sensación de saciedad temprana. Además, la anemia representa una de las complicaciones más importantes de la mielofibrosis, ya que muchos pacientes terminan dependiendo de transfusiones de sangre, lo que afecta de manera significativa su vida cotidiana y su bienestar general.
Especialistas advirtieron que en Argentina uno de cada tres pacientes ya presenta anemia al momento del diagnóstico y que la mayoría desarrollará esta complicación con la progresión de la enfermedad. Frente a este escenario, comenzó a destacarse una nueva alternativa terapéutica que, además de aliviar los síntomas habituales, actúa sobre la anemia y ayuda a reducir la necesidad de transfusiones. El tratamiento combina mecanismos que disminuyen la inflamación y favorecen una mejor utilización del hierro en el organismo, permitiendo mejorar la producción de glóbulos rojos y otorgando mayor autonomía y calidad de vida a los pacientes.







