Aunque continúa presente en más de un centenar de países y carga con siglos de estigmatización social, la lepra es hoy una enfermedad curable. En el marco de su Día Mundial, especialistas recuerdan que existen tratamientos eficaces y de acceso gratuito que permiten no solo sanar a las personas afectadas, sino también interrumpir la transmisión de la bacteria.
La lepra ocupa un lugar particular en la historia de la medicina, ya que durante siglos estuvo asociada al miedo, el aislamiento y la exclusión social. Aun cuando el conocimiento científico fue avanzando y desmintió muchas creencias erróneas, el estigma persistió y se convirtió en uno de los principales obstáculos para su abordaje. Hoy, la evidencia médica es clara: se trata de una enfermedad infecciosa curable, y el principal desafío no es terapéutico, sino garantizar el acceso temprano al diagnóstico y al tratamiento.
Conocida también como enfermedad de Hansen, la lepra afecta principalmente la piel, los nervios periféricos, las vías respiratorias superiores y los ojos. Sin atención médica adecuada, puede provocar lesiones progresivas, pérdida de sensibilidad, debilidad muscular y discapacidades permanentes. Sin embargo, décadas de experiencia sanitaria demuestran que el tratamiento oportuno no solo permite la curación, sino que además corta la transmisión y previene consecuencias físicas y sociales de largo plazo.
En el marco del Día Mundial contra la Lepra, la Organización Mundial de la Salud insiste en que se trata de una enfermedad poco contagiosa, que requiere un contacto estrecho y prolongado con una persona sin tratamiento. No se transmite por saludos, abrazos ni por compartir objetos de uso cotidiano, y desde el inicio de la terapia la persona deja de contagiar. Este dato resulta central para desactivar temores infundados y reforzar la importancia del acceso precoz a la atención médica.
En las últimas décadas, los programas de detección y tratamiento lograron reducir de manera significativa los nuevos casos en numerosas regiones del mundo. En 2024, más de medio centenar de países no registraron diagnósticos, aunque a nivel global todavía se notificaron más de 170.000 nuevos casos, especialmente en contextos de vulnerabilidad social. Esta realidad refleja una paradoja persistente: una enfermedad antigua y curable que continúa afectando a millones de personas debido al diagnóstico tardío, las barreras de acceso y la estigmatización, un desafío que sigue vigente para la salud pública.







