Las investigaciones muestran que el favoritismo parental no es un fenómeno neutro y que puede tener consecuencias significativas, ya que la salud mental de los hijos que se perciben como menos favorecidos suele verse afectada, con mayor riesgo de malestar emocional y dificultades en su desarrollo psicológico.
Desde pequeña, Kara nunca creyó que sus padres hicieran diferencias entre sus hijos. Aunque sus hermanas menores recibían más atención y privilegios, como viajes o visitas frecuentes, ella justificaba ese trato pensando que, por ser la mayor, debía ser más independiente y que las condiciones económicas de la familia habían mejorado con el tiempo. Sin embargo, con los años el patrón se mantuvo y se volvió imposible de ignorar. El punto de quiebre llegó cuando sus padres volvieron a priorizar pasar las fiestas con sus hijas menores y dejaron de visitar a Kara y a sus propios hijos, lo que la llevó a reconocer que el favoritismo no era circunstancial, sino persistente y dirigido.
Esa percepción tuvo un impacto profundo en su bienestar emocional, al punto de sentir que el rechazo se extendía también a la siguiente generación. Las investigaciones de las últimas décadas muestran que experiencias como la de Kara son frecuentes y que los hijos que se sienten menos favorecidos tienden a presentar más dificultades en su salud mental, vínculos familiares más frágiles y peores resultados académicos. Estudios sobre hijos adultos incluso señalan que la percepción de haber sido el preferido o el relegado es uno de los factores más determinantes para la salud psicológica, por encima de variables como el trabajo, la edad o el estado civil.
Medir el favoritismo parental no resulta sencillo en sociedades que condenan el trato desigual. Por eso, los investigadores desarrollaron formas indirectas de analizarlo, indagando en la cercanía emocional, la distribución de recursos o las expectativas de los padres. Los resultados revelan que el favoritismo es mucho más común de lo que se admite y que suele mantenerse estable a lo largo del tiempo. Si bien influyen factores como el género, el orden de nacimiento o ciertos rasgos de personalidad, en la adultez pesa especialmente la afinidad de valores entre padres e hijos. Aun así, lo más relevante no es lo que los padres creen, sino cómo interpretan los hijos ese trato, ya que las percepciones suelen diferir de manera significativa.
Las consecuencias del favoritismo pueden extenderse durante toda la vida. Desde la infancia, quienes se sienten relegados presentan mayor riesgo de ansiedad, depresión y conductas problemáticas, mientras que incluso los hijos preferidos pueden experimentar culpa o incomodidad cuando las diferencias son muy marcadas. Los especialistas señalan que hablar abiertamente sobre las razones de un trato distinto puede amortiguar estos efectos negativos, ya que la comprensión del contexto reduce el daño emocional. El impacto persistente del favoritismo refleja la profundidad del vínculo parental y la expectativa fundamental de ser querido de manera equitativa por quienes ocupan un lugar central en la vida emocional.







