En algunas personas, una sola copa de alcohol alcanza para generar malestar o síntomas intensos al día siguiente, mientras que otras parecen tolerar cantidades mayores sin experimentar los mismos efectos. Esta diferencia no es casual y tiene una explicación biológica: la genética cumple un rol clave en la forma en que cada organismo metaboliza el alcohol y responde a sus consecuencias.
Durante las celebraciones de Fin de Año, muchas familias buscan las mejores promociones en bebidas para brindar, un contexto en el que también aparecen dudas sobre por qué no todas las personas reaccionan igual frente al consumo de alcohol. Estas fechas suelen poner en evidencia las diferencias en la tolerancia y los efectos que cada organismo experimenta.
Mientras que algunas personas pueden sentirse embriagadas o sufrir resacas intensas con apenas una copa, otras parecen tolerar mayores cantidades sin consecuencias similares. Estas variaciones no responden solo a hábitos o características individuales, sino que tienen una base biológica más profunda vinculada al funcionamiento del cuerpo.
La clave está en cómo el organismo descompone el alcohol. Durante ese proceso se produce el acetaldehído, una sustancia responsable de síntomas como cansancio extremo, dolor de cabeza, malestar corporal y náuseas. La velocidad con la que cada persona genera y procesa este compuesto determina la intensidad de la resaca y el grado de tolerancia al alcohol.
Las investigaciones muestran que estas diferencias están asociadas a variantes genéticas que no se distribuyen de manera uniforme entre las poblaciones. En Europa, una menor proporción de personas presenta una alta actividad metabólica del alcohol, mientras que en Asia Oriental este rasgo es mucho más frecuente, lo que explica por qué en esas regiones los efectos del alcohol suelen aparecer más rápido y con mayor intensidad. Conocer estos factores genéticos permite comprender mejor las reacciones del cuerpo y prevenir situaciones de malestar durante los festejos.







